“El estupor y la maravilla”, de Pablo d’Ors: la conquista del amor siempre será la meta

Fecha: 10 Julio, 2008 
Categoría: Escritores, Libros, Nos gusta, Recomendaciones
Escrito por: Zahara

Por amor al escritor madrileño Pablo d’Ors

nnY tan significativa como “la entrada” 500 es la 501, por eso he querido dedicársela a uno de los libros que últimamente más me ha sorprendido: El estupor y la maravilla, de Pablo d’Ors ( Editorial PRE-TEXTOS).

Tanta fue la sorpresa que me llevé sin esperarla, que me leí sus flamantes 407 páginas -con su letra proporcionada- de un tirón; a la sombra de un árbol y con el sol como fondo.

¿Qué me hizo leer sin parar? El interés por una historia diferente, repleta de guiños inteligentes, que me indujo, con sabia sutileza, a tomar notas, doblar páginas, sonreír y pensar.

Qué destacaría: que la esperanza en un mañana mejor siempre es posible, si se sabe esperar…La búsqueda de lo realmente importante, a pesar de que tarde en llegar…

Lo que se cuenta: la vida de Alois Vogel como vigilante en el (imaginario) Museo de los Expresionistas de Coblenza.

Durante 25 años, Alois custodia con mimo y entrega las diferentes salas del museo a las que es destinado: de Franz Macke a Paul Klee, hasta llegar, en su 25 aniversario como vigilante, al amor de su vida: Gabriele Münter.

Este canto a lo sencillo y cotidiano, que apenas sabemos apreciar, una inmensa mayoría, da comienzo cuando Alois decide escribir sus memorias, animado por su mujer Gabriele, y relatar, con todo lujo de detalles, su grata experiencia como vigilante del museo: con 34 primaveras otoñales, la biografía de Alois cobra sentido, porque encuentra un motivo y un sentido a su caminar: su trabajo en el museo. A partir de este preciso momento-acontecimiento, toda su existencia, sus instantes, sus motivaciones y sus ilusiones girarán alrededor de sus quehaceres diarios en el lugar donde trabaja, siente y se reafirma. No tiene nada más, no quiere tenerlo: Alois es un solitario por decisión propia; no busca, se deja encontrar.

Va pasando de sala en sala, y de cada una de ellas aprende algo nuevo. Su primera sala: vigilar los cuadros de Franz Macke; aprovecha para contar su vida desde pequeño, sus primeras impresiones en el museo.

Lo trasladan a la Sala de Wassily Kandinsky, muy a su pesar. Alois se rebota, se enfurece, necesita expresar su desagrado, pero nadie da la cara; sólo una carta en su casillero le informa del cambio. Él busca respuestas, que no va a tener: comienza a espiar a sus compañeros; necesita ponerle cara al director del museo, al que considera el máximo responsable de su traslado.

Cambio a la Sala de Max Beckmann: las reuniones sindicales, el buzón de sugerencias. Alois comienza a hablar solo. Descubre desconchones en la pared y pintadas; entra en el juego, y pinta las paredes, a escondidas.

Me quedo con: “… que las palabras no suenan de igual modo pronunciadas a solas que con alguien presente. Frente a un interlocutor, las palabras se pierden en la comunicación; desaparecen, por decirlo así, al llegar a su destinatario. Por el contrario, pronunciadas a solas, esas mismas palabras quedan largo tiempo en la atmósfera, sin desvanecerse.”

Cambio a la Sala de Oskar Kokoschaka: en su sala hay un copista, al que él acaba imitando: “Al igual que los alumnos rodean al buen maestro mientras éste explica la lección, eran muchos los visitantes que, atraídos por su prodigioso hacer, se congrebaban en torno a un copista que realizaba su labor en un modesto rincón de la Sala Kokoschka.”

“Hasta esta fecha, yo había creído que para disfrutar de un cuadro al óleo convenía clausurar todos los sentidos menos la vista, de forma que nada la distrajese. Gracias al copista, comprendí que también pueden verse con los oídos y las manos; que la pintura puede escucharse, y que es precisamente así, con el oído y el olfato, con el tacto, como debe ser vista. En realidad, hay cuadros de Kandinsky y de Klee que sólo se pueden ver si primero se escuchan.”

Y de tantas horas en silencio, observando, mirando a las personas que entran y salen, se detienen, hablan, cuchichean:

“Tras una larga experiencia escuchando conversaciones interrumpidas y observando el comportamiento humano, he llegado a una doble conclusión: que el arte no es ni mucho menos el tema sobre el que más se conversa en los museos y que los bancos de las salas no se solicitan tanto por su escaso número cuanto por el cansancio que sólo el arte ( y la religión) pueden procurar.”

“De no haber trabajado en el Museo de los Expresionistas de Coblenza nunca habría sabido de las inmensas posibilidades y variaciones que admite eso que llamamos raza humana. Antes de ser vigilante, todos los seres humanos se me antojaban bastante parecidos entre sí, por no decir escandalosamente similares: todos teníamos brazos y piernas, sentimientos, prejuicios, temores, ideas…Había sí, diferencias entre unos y otros….pero todas las diferencuas eran insignificantes -o eso me parecía a mí- en comparación con las semejanzas. Fue en la Kokoschaka cuando tuve la impresión contraria: que las divergencias eran más notables y numerosas que los parecidos, de donde deduje que lo primero que suele verse es lo que une y sólo después aquello que nos separa.”

Cambio a la Sala de Piet Mondrian: su relación de amistad con la guardarropera  Frau Loeffler; hasta que ésta muere, inesperadamente, al resbalarse en la bañera.

La compra compulsiva de libros de arte; la mayoría de ellos ni los acababa de leer.

Comienza a contar las baldosas del suelo; se aburre, su sala apenas recibe visitas; es una sala solitaria, como él.

Descubre una pequeña mancha en el techo; y su imaginación comienza a volar.

“La raíz del empobrecimiento espiritual de la vieja Europa radica en la incapacidad del europeo medio de tener los ojos cerrados durante cierto tiempo. Resulta incomprensible que no enseñen a los niños a tener los ojos cerrados y, sobre todo, a cerrarlos bien cuando es pernicioso para su crecimiento. Yo, por ejemplo, no supe cerrar los ojos hasta que me destinaron a la Mondrian. Gracias a Mondrian, o a su silenciosa sala, aprendí a cerrar los ojos y a sentarme sin hacer nada -una de las actividades humanas más elementales y, al mismo tiempo, más elementales.”

“Asistí a muchos milagros cuando aprendí a permanecer sentado con los ojos cerrados. Por de pronto, el inacabable mundo de los sonidos, indescriptible tanto en razón de sus múltiples matices como por sus infinitas combinaciones o mezclas.”

Sexto traslado de sala; a la de Paul Klee.

Revive los recuerdos pobres de su madre y de su padre…

Entra en su vida, a bocajarro, el cuadro de El equilibrista, de Paul Klee. Alois se  siente identificado con ese equilibrista. Comienza a buscar reproducciones del cuadro de Klee. Las pega en un álbum, que guarda con sigilo.

“…mi Álbum del equilibrista no es, simplemente, un homenaje a El equilibrista de Paul Klee, sino a todo el museo e, incluso, a todos los museos de mundo y- no exagero- al arte en general. Quiero decir que la mejor forma de conocer muchas cosas es atender sólo a una..”

Comienza a viajar guiado por las rayas de su pantalón: su imaginación ya se ha independizado de él mismo; ya posee vida propia.

Aparece en escena la mosca Klee.

Y de Klee al amor de su vida: Gabriele Münter.

“Nada sucede exactamente como imaginamos; la imaginación nunca sabe ser tan espléndida como la realidad”

Celebra los 25 años como vigilante en el museo, y Gabriele lo está esperando en la puerta de su casa. No te cuento cómo ni por qué; lo tienes que descubrir por ti mismo; es un giro del destino fantástico.

Después de tanto tiempo, Alois reflexiona acerca de lo vivido; por supuesto, en el museo.

“Si pudiese trabajar en este museo otros veinticinco años, seguramente continuaría descubriendo otras tantas compañías secretas…….Ahora me doy cuenta de lo acompañado que he estado siempre: siempre he tenido la sombra de los objetos, las voces de los visitantes, mi reflejo en un cristal; siempre he gozado de una figura femenina atravesando el patio de las columnas, de un papelito con un nombre de una dirección, de una guardarropera que me esperaba rodeada de perchas …….; y he admirado, con la lupa en el bolsillo, el generoso arte del copista, tan anónimo y necesario…..he hecho excursiones por mi pantalón y, en fin, he visto a Dios mismo en una mosca que vino a visitarme a mi sala durante nueve días…”

Y la conclusión a una vida, a un dejarse, por fin, encontrar:

“Lo más grande de mi vida ha sido Gabriele porque fue ella quien me hizo ver que mi vida era grande, ella fue quien me ayudó a entender que no existe una sola vida humana que no merezca ser contada…”

El estupor y la maravilla, de Pablo d’Ors: un soplo literario fresco y elocuente para degustar con los cinco sentidos.

 

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