Por amor a la escritora francesa Fred Vargas
Fred Vargas, como ella misma afirma, no escribe novela policíaca sino “novela de enigmas” (con el permiso de Agatha Christie, digo yo).
Resulta curioso que esta interesante narradora al principio de su carrera literaria apenas vendiera libros; este hecho, afortunadamente, es ya una mera anécdota: Fred Vargas gusta, vende y viceversa.
Ponte cómodo, relájate y abre “Bajo los vientos de Neptuno” (“Sous le vent de Neptune”), de Fred Vargas. Comienza la aventura…
En la comisaría que dirige el comisario Jean-Baptiste Adamsberg, el viento vira favorable para la gran mayoría de su equipo y desfavorable para su adjunto. Preparan un viaje a Québec, para asistir a un curso intensivo acerca de lo último en técnicas sobre el ADN, y el capitán Danglard, su adjunto, está disgustado porque se niega -en redondo, triangular y cuadrado- a asistir. Lo que ocurre, en realidad, es que al capitán le dan miedo los aviones.
El comisario Adamsberg es consciente del pavor de su amigo y ayudante, y le lanza palabras y razones apaciguadoras. Danglard se siente seguro, aparentemente, con la verborrea calmante de Adamsberg, y decide acudir al curso.
Una mujer aparece asesinada en Estrasburgo. El modus operandi del asesino no es desconocido para el comisarrio Adamsberg; el pasado da un salto de casi 30 años hacia el presente y se instala, de pleno, en la memoria y las preocupaciones de Jean-Baptiste.
Catorce años persiguiendo al asesino del Tridente, y aún sabiendo quién era no consiguió detenerlo.
Continúas leyendo. Tómate un respiro y piensa en la mar en calma, en los paisajes que pinta Pedro Salaberri.
Ya estás de nuevo en forma. Siéntate y sigue leyendo. Neptuno ha regresado, de momento, a las profundidades del mar. No temas, estás en las doctas manos del comisario Adamsberg.
El asesinato en Estrasburgo deja a Jean-Baptiste en vilo. Decide desplazarse hasta el lugar de los hechos. Lo toman por más que loco. El juez Fulgence, al que el comisario acusa, parece ser que murió en el año 1987, según la partida de defunción. A pesar de la muerte del juez, el asesino del Tridente, el comisario Adamsberg continúa creyendo que está vivo. Su manera de matar es inconfundible.
Viajan a Québec, y la sombra del juez asesino se va con ellos. Adamsberg conoce a una joven, con la que acaba intimando. La joven aparece muerta. Lleva la marca del juez Fulgence: tres puñaladas hechas con las púas de un tridente.
Acusan al comisario Adamsberg de asesinato. Huye. Se esconde en casa de dos viejecitas encantadoras, una de ellas ejerce como hacker en sus ratos libres. Gracias a la dulce ancianita, Jean-Baptiste consigue información privilegiada y acaba descubriendo que el juez simuló su muerte…
El juez Fulgence busca a Adamsberg. Después de muchos años de persecuciones, se encuentran.
Los dejo a solas…
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