La leona blanca, de Henning Mankell: una crítica feroz y necesaria del apartheid sudafricano

La leona blanca, del escritor sueco Henning Mankell (Estocolmo, 1948)

Editorial: Tusquets Editores. Colección Andanzas

Traducción del sueco: Carmen Montes Cano

Páginas: 504

Henning Mankell a través de La leona blanca nos introduce en las fauces del cruel apartheid sudafricano, en sus maquiavélicas entrañas, en sus endiabladas tramas, y nos muestra su verdadero rostro, desenmascarándolo; porque Henning Mankell no quiere callarse, y seguirá, a través de sus novelas y de sus conferencias, defendiendo a los más débiles, y batallando, desde la cordura y la sensatez, para que las injusticias sean cada vez menos y menores.

En La leona blanca, el inspector Wallander se enfrenta a su tercer caso; un nuevo y truculento suceso con el que rozará el abismo de sí mismo y de la realidad.

El lamento del perezoso, de Sam Savage: no hay que perder nunca la esperanza

 


El lamento del perezoso, del escritor estadounidense Sam Savage ( Camden, Carolina del Sur, 1940)

Editorial Seix Barral. Colección: Biblioteca Formentor

Traductor: Ramón Buenaventura

Páginas: 272

La vida de Andrew Whittaker, el peculiar protagonista de este libro, hace aguas, a lo largo y ancho de toda su persona y de sus circunstancias: la revista literaria que dirige está a punto de quebrar, su mujer le ha dejado y no se siente capaz de superar la ruptura, es dueño de un edificio ruinoso que se desmorona, y sus inquilinos no le pagan. Facturas y más facturas se amontonan encima de su mesa, y no puede hacerles frente. Pero él no se da por vencido. La revista va mal, pero él se distrae organizando un festival, aunque no tenga dinero para sacarlo adelante, le sobra imaginación y jugosas  intenciones surrealistas.

¿Dónde aferrarse ante tal situación? Andrew Whittaker tiene un salvavidas: escribir. Se pasa el día escribiendo cartas; y nosotros, los lectores, lo iremos conociendo a través de ellas. E, incluso, empatizaremos con él.

Cartas a los escritores que quieren publicar en su revista con vistas a la bancarrota. Cartas a sus inquilinos. Cartas a su ex mujer. Cartas a sus propios escritos. Cartas fingidas. Cartas reclamo. Cartas promocionales – con otro nombre- a los medios de comunicación. Cartas excelentes al principio de la novela y cartas que van decayendo, conforme se acerca el final. O no. Como siempre, de ti depende averiguarlo.

Los Grope, de Tom Sharpe: un libro con buenos propósitos: Divertir a la gente que tiene una vida gris..


 

Los Grope, del escritor británico Tom Sharpe ( Londres, 1928)

Editorial Anagrama

Traducción del inglés: Gemma Rovira

Páginas: 239

Tom Sharpe utiliza su avezada ironía para hilar, con copioso sarcasmo, la historia de una familia un tanto singular: los Grope.

Y como siempre, debajo de su especial don para el humor mordaz y ladino se esconde una suculenta crítica al tinglado añejo de los convencionalismos, a las amañadas apariencias y a la farsa de una sociedad, la inglesa.

Tom Sharpe monta un entretenido circo con Los Grope, en el que el disparate es el auténtico protagonista. Y te ríes, te ríes, ya lo creo.

Aún no he entendido los motivos por los que calificaron este libro de misógino y demás barbaridades. Para leer Los Grope hay que quitarse los prejuicios de los ojos, el alma y la mente. Es un libro simplemente divertido, que te hace pasar un buen rato.

Y ya sabes, si tu color es el gris, has encontrado a tu otra mitad: Los Grope.

 

A cada cual, lo suyo, de Leonardo Sciascia: no ignores los anónimos; son la tapadera perfecta de los corruptos

 

A cada cual lo suyo, del escritor italiano Leonardo Sciascia ( 1921-1989)

Tusquets Editores. Colección Andanzas

Traducción: Juan Manuel Salmerón

Páginas: 160

Para entrar de lleno en la literatura de Leonardo Sciascia y caminar a gusto, no hay que olvidar que el escritor italiano no sólo sentía la literatura como entretenimiento sino como una herramienta para despertar conciencias. Fue durante toda su vida un activista político siempre alerta ante las manifestaciones opresivas del poder; no las soportaba y las combatía como mejor sabía; desde la palabra bien hecha.

Una aciaga tarde de agosto, el farmaceútico de un pequeño y aparentemente tranquilo pueblo sicialiano, recibe un anónimo amenazándole de muerte. No le presta la más mínima atención.

Al día siguiente, y tras una jornada de caza, el farmaceútico y el respetable médico del pueblo, aparecen asesinados. La amenaza del anónimo acaba de hacer doblete.

Y a partir de ahí, el entramado de los pueblos pequeños se pone en marcha, a tope: rumores, falsas acusaciones, intromisiones, zancadillas verbales, chismes a tutiplén, sin importar los daños que se puedan ocasionar, dedos señalando y enjuiciando, antiguas rencillas aflorando. ¡Menuda locura!

Pero, afortunadamente, para parar todo este desaguisado de burdas e infundadas acusaciones, entra en escena un detective aficionado, pero con ganas- con lo mejor del escritor Leonardo Sciascia: sus preferencias políticas, su cultura, su inteligencia, sus gustos, sus pasatiempos predilectos, su amor por la razón- Paolo Laurana, un culto pero supuestamente  insípido profesor de instituto.

Una vez comienza a estirar de los hilos del caso que la policía no es capaz de resolver se topa con una verdad inesperada e ilícita.

¿De qué hilo comienza a tirar? Paolo Laurana descubre que el anónimo que recibió el farmaceútico estaba compuesto por palabras recortadas de  L’Osservatore Romano, periódico nacional- de corte conservador y católico- de la ciudad del Vaticano, cuyo lema es: Unicuique suum, o lo que es lo mismo: a cada cual, lo suyo. ¿Y quién podía estar suscrito y leer esa revista en su pueblo? El cura, efectivamente. Vayamos a visitarlo. Una nueva amenaza comienza a sobrevolar el ambiente del pueblo siciliano donde dos crímenes han sembrado el pánico, y esta vez, la amenaza, va dirigida a Paolo Laurana, aunque él aún no lo sepa.

Y tanto tiró de la madeja, que se dio de bruces con el inicuo poderoso que manejaba los hilos del cotarro: ¿y? Una pena, la verdad, pero si quieres darle una respuesta a ese “¿y?”, ejerce de detective amateur en A cada cual, lo suyo. Te merecerá la pena.

 

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