“Pelléas et Mélisande”, de Claude Debussy, y dos poemas de Leonard Cohen
6 de noviembre de 2011
Escrito por: Zahara
Hasta el 16 de noviembre, Pélleas et Mélisande, de Claude Debussy, en el Teatro Real de Madrid.
Drama lírico en cinco actos en lengua francesa.
Autor del texto: Maurice Maeterlinck.
Director Musical: Sylvain Cambreling / Till Drömann (día 16).
Director de escena, escenógrafo e iluminador: Robert Wilson.
Figurinista: Frida Parmeggiani.
Director del coro: Andrés Máspero.
Cantantes: Yann Beuron, Laurent Naouri, Franz-Josef Selig, Solista del Tölzer Knabenchor, Jean-Luc Ballestra, Camilla Tilling, Hillary Summers y Tomeu Bibiloni.
Orquesta: Titular del Teatro Real (Sinfónica de Madrid).
Coro: Titular del Teatro Real (Intermezzo); director: Andrés Máspero.
Producción: Opéra national de Paris y Festival de Salzburgo.
En 1893 se estrenaba en París Pelléas et Mélisande del dramaturgo belga Maurice Maeterlinck ( uno de los autores más representativos del simbolismo).
Claude Debussy (1862-1918) le pidió permiso a Maurice Maeterlinck (1862-1949) para utilizar su texto como libreto de ópera, y éste acepto. Debussy estuvo ocho años trabajando en su ópera: Pelléas et Mélisande se estrenaba el 30 de abril de 1902 en la Opéra-Comique de París.
La escena se sitúa en Allemonde, un reino imaginario. Su rey se llama Arkel y tiene dos nietos, Pelléas y Golaud.
Durante una cacería, Golaud se extravía en el bosque. Junto a un río encuentra a una bellísima y enigmática joven, Mélisande, que ha perdido en el agua una corona que no quiere recuperar. Cae la noche, y Mélisande se va con Golaud. Y con el tiempo y sus vueltas, Mélisande y Golaud se acaban casando; ella dejándose llevar y él amándola como su más preciada posesión.
Golaud le escribe a su abuelo Arkel: le comunicarle que se ha casado y le pide permiso para vivir en el castillo con su mujer. La carta se la lee Geneviéve, madre de Pelléas y Golaud, al rey Arkel. Éste acepta la petición de su nieto, a pesar de que ya le tenía preparada una boda de conveniencia con una princesa. Mientras Geneviéve está leyendo la carta, aparece Pelléas, hermanastro de Golaud; quiere que su abuelo le dé su beneplácito para visitar a un amigo que se está muriendo. Su abuelo le recuerda que su padre también está enfermo y que no debería abandonar el castillo.
Golaud y Mélisande llegan en un barco a Allemonde. Mélisande y Pelléas se encuentran y se reconocen; el amor entra en escena, y sólo un final trágico lo detendrá.
Mélisande pasea con Geneviéve por los jardines del castillo, se une a ellos Pelléas. Ven zarpar un barco. Geneviéve se va, y se quedan solos Mélisande y Pelléas. Éste le dice que pronto se irá del castillo, Mélisande le sugiere, a lo subliminal, que no se vaya.
Aumentan los encuentros entre Mélisande y Pelléas. Un día, paseando por el bosque, Mélisande pierde su anillo de bodas en una fuente; mientras, de fondo, sonaban doce campanadas anunciando el mediodía. Mélisande está preocupada; no sabe qué decirle a su marido. Pelléas le sugiere, a lo directo y sin más contemplaciones, que le diga ” la verdad”.
Mélisande llega al castillo y se encuentra a su marido tumbado en la cama: se cayó cazando; mientras se caía, de fondo, sonaban las doce campanadas del mediodía.
Golaud se da cuenta de que su mujer no lleva el anillo. Mélisande no quiere contarle “la verdad” y, nerviosa, le dice que ha perdido el anillo en una gruta junto al mar. Golaud le pide que la busque, pero que no lo haga sola, que la acompañe Pelléas. Van -a pesar de que los dos saben que el anillo no está en la gruta-, para que Mélisande se la pueda describir a Golaud.
Pelléas ha decidido que se va del castillo. Antes de irse quiere despedirse de Mélisande, que se está peinando su larguísima cabellera en la ventana de la torre del castillo. Mélisande: peina que te peina y canta que te canta. Aparece Pelléas y le dice que se va a la mañana siguiente. Mélisande, al asomarse por la ventana, suelta su interminable melena; tan interminable que llega hasta donde está Pelléas. Y tanto da de sí la melena de Mélisande, que la pudo atar en un árbol. Golaud observa la escena. Sus celos le gritan, y él los intenta aplacar intentando justificar lo que ha presenciado; pero la mosca cojonera de las sospechas ya se ha instalado en las dos orejas de Golaud.
Golaud tiene que hacerle entender a su hermanastro que su mujer es suya y de nadie más. De una manera poco sutil y brusca, lo asoma a un oscuro precipicio. Después del susto, le lanza un mensaje: mi mujer está embarazada, aléjate de ella.
Golaud tiene un hijo, Yniold, de un anterior matrimonio. Golaud, ya con los escrúpulos hechos añicos, utiliza a su hijo para que espíe a Pelléas y Mélisande. Golaud lleva la furia de los celos encendida y desatada; unos celos que le exigen venganza.
Pelléas quiere despedirse, en la intimidad, de Mélisande, y la cita en el bosque. Mélisande sale al encuentro de Pelléas, pero en el camino se encuentra con el rey Arkel; conversan animadamente. Aparece Golaud, enfurecido y ciego de celos. Sin importarle la presencia de su abuelo, agrede a Mélisande.
Por fin, los dos amantes se encuentran y hablan, sin temor, de lo que sienten; se aman, lo confiesan. El beso que estaba sellando su amor es interrumpido por la espada de Golaud, que hiere a Mélisande y mata a Pélleas.
Mélisande, muy enferma por las heridas que le ha causado la espada vengativa de su marido, da a un luz a una niña. Antes de morir, Golaud la interroga. Mélisande muere sin remordimientos.
Se cierra el telón. Aplausos, muchos aplausos.
Dos poemas de Leonard Cohen
Qué hago aquí
No sé si el mundo ha mentido
Yo he mentido
Yo no sé si el mundo ha conspirado contra el amor
Yo he conspirado contra el amor
El clima de tortura no constituye ningún consuelo
Yo he torturado
Aunque no hubiera existido la nube en forma de hongo
habría odiado
Escuchadme
Yo habría hecho las mismas cosas
aunque no existiera la muerte
Me niego a que se me sujete como a un borracho
bajo el frío grifo de los hechos
Yo rechazo la coartada universal
Como un ninfomaníaco que ata a un millar
en una extraña hermandad
Yo espero
a que cada uno de vosotros confiese .
Destino
Quiero que tu cálido cuerpo desaparezca
educadamente y me deje solo en la bañera
porque quiero considerar mi destino.
¡Destino! ¿por qué me encuentras en esta bañera
ocioso, solo, sin lavar, sin siquiera
la intención de lavarme excepto en el último momento?
¿Por qué no me encuentras en lo alto de un poste de teléfonos,
reparando las líneas que van de ciudad a ciudad?
¿Por qué no me encuentras cabalgando a través de Cuba,
un hombre gigantesco con un machete rojo?
¿Por qué no me encuentras explicando máquinas
a pupilos poco privilegiados, españoles negroides,
contentos de que no sea un cursillo sobre escritura creativa?
Vuelve aquí pequeño y cálido cuerpo,
es la hora de otro día.
El destino ha huido y yo te elijo a ti
que me encontraste mirándote fijamente en un almacén
una tarde hace cuatro años
y has dormido conmigo desde entonces.
¿Qué te parecen mis ojos de pescador después de todo este tiempo?
¿Soy lo que esperabas?
¿Acaso estamos demasiado tiempo juntos?
¿Acaso se avergonzó el destino ante la doble toalla turca,
nuestro conocimiento de nuestras pieles,
nuestro amor que es proverbial en todo el bloque,
nuestro acuerdo de que en cuestiones espirituales
yo debo ser el Hombre del Destino
y tú la Mujer de la Casa?
Leonard Cohen
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noviembre 7th, 2011 at 22:46
¡Oh, cuánto me hubiera gustado ver al Yniold Tölzerknabe! Es decir, a Leopold Lampelsdorfer o Seraphin Kellner. Soy una fan absoluta de este magnífico coro de niños, como podrán comprobar en el blog que les dejo. Quisiera que me dejaran algún informe de esas ejecuciones en el Real y sobre todo de la actuación de Leopold, puede ser muy interesante para mis lectores… Y para mí, claro, como fan ausente. Muchas gracias.